Te imaginas a alguien cogiendo una cucaracha en la palma de su mano y preguntándote: “¿De qué te escandalizas? Mira, no hace nada, es un animal que no ve, no muerde, no pica. Es un gusto sentirlo sobre tu piel. Sus antenas te hacen cosquillas y se mueve tranquila si no te alteras…”

Así es difícil sintonizar el mismo lenguaje, ¿ Verdad? Es inútil razonar con un sentimiento tan extremo de rechazo y la emoción de asco. Es algo tan profúndamente grabado en nuestro celebro primitivo, que sobran argumentaciones justificadas, por muy científico que sea el conocimiento que trata de convencer de lo contrario.

Algo parecido ocurre con las culturas, religiones y creencias. La vía del razonamiento para excluir de la sociedad una creencia deshumanizante sólo puede partir de uno mismo. El razonamiento o la imposición externa actúan como una piel de plátano descuidada sobre el suelo. Hace caer de forma tan abrupta de los propios anclajes al mundo, que sólo generará sentimiento de odio, provocando improperios a aquel que tuvo el despropósito de dejarla caer en ese preciso lugar.

¿Qué queda? Ser coherente con tu modelo de vida y hasta cierto punto comprensivo con el de los demás.

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